Tocó ahora al “Prince of Wales” servir de único blanco a la furia de la artillería enemiga. Una andanada de los cañones de 15 pulgadas levantó a pocas brazas del acorazado altísima cortina de agua. Siguieron con breves intervalos las salpicaduras causadas por los disparos de la artillería secundaria del “Bismarck”, a la que acompañaban los cañones de ocho pulgadas del “Prinz Eugen”. El fuego era rapidísimo, casi continuo, con 10 ó 15 segundos entre disparo y disparo; espantoso el estruendo en que se mezclaban en confusión ensordecedora las explosiones de los proyectiles enemigos, el estampido de los cañones del “Prince of Wales”, el sibilante estrépito de cuanta bala caía en el mar y levantaba ruidosos surtidores. Tanta era el agua que arrojaban éstos en torno al “Prince of Wales”, a veces hasta la altura del tope de los mástiles, que a los ingleses se les dificultaba mucho precisar el punto de caída de sus propios disparos.
De cuando en cuando sentían retemblar el navío cuando lo alcanzaba un disparo. Los que se hallaban en el puesto de dirección de tiro más inmediato a popa vieron pasar ráfagas de un humo negro, señal cierta de incendio a proa. En medio del fragor del combate, el puente de mando quedó hecho trizas por un proyectil de 15 pulgadas que lo atravesó e hizo explosión a la salida. Cuantos estaban en el puente perdieron la vida, con la sola excepción del capitán J. C. Leach y del suboficial jefe de señales. En la estación central de mando, situada inmediatamente debajo, empezó a caer, en los planos reticulados, sangre que chorreaba del tubo acústico.
Para colmo de desdichas, la circunstancia de ser el “Prince of Wales” barco tan nuevo militaba ahora en su contra. Ocurrían ligeros pero repetidos tropiezos en el mecanismo de las torres, en las que ya un cañón, ya otro, no obedecían a la descarga. Los ingenieros de la casa constructora de las torres, a los cuales se alojó a bordo para que atendieran a los últimos detalles de la instalación, habían salido a la mar con el buque. Pero ni aún con la ayuda de esos peritos se lograba rectificar las imperfecciones del mecanismo de las torres, en las cuales disparaban por término medio en cada descarga tres cañones en vez de cinco.
La artillería enemiga continuó haciendo blanco en el “Prince of Wales”. Perforado en una de las bandas a la altura de la línea de flotación por dos proyectiles, el acorazado embarcó cosa de 500 toneladas de agua. Varios de sus compartimientos estancos se inundaron. El capitán Leach, que dirigía ahora la acción desde el puente inferior de mando, optó por cesar el combate mientras le llegaban refuerzos, viró en redondo y se alejó tras una cortina de humo.
El “Bismarck” no trató de dar caza, aún cuando no mostraba señales de haber sufrido ningún daño. El único indicio de que pudiera haber sido alcanzado fue una negra y muy visible columna de humo que dejó escapar la chimenea unos tres minutos después de empeñada la acción, como si por la violenta sacudida de un impacto todo el hollín de los huecos y rincones de los conductos de humos de las calderas se hubiera desprendido, y arrastrado por los gases saliera disparado por la chimenea para elevarse en el aire a considerable altura.
La pérdida del “Hood” fue un gran golpe para los ingleses. Era el barco más grande de la Armada. Una generación entera de marinos había crecido viendo en ese crucero acorazado el buque de guerra más poderoso del mundo, y he aquí que en su primer encuentro queda deshecho y convertido en un montón de llamas a los tres minutos de hallarse bajo el fuego enemigo. De toda su dotación, sólo tres supervivientes llegaron a encontrarse.
El hecho indudable es que el “Hood” adolecía de defectos de construcción. En realidad, uno o dos años después de botado al agua, los peritos en cuestiones navales observaron que un proyectil enemigo que hiciese blanco con determinado ángulo de caída penetraría fácilmente en uno de los pañoles de municiones. Este defecto podía subsanarse reforzando el blindaje, y el Almirantazgo acordó hacerlo así aprovechando la primera oportunidad en que se carenase de firme el “Hood”.
Sin embargo, el proyecto no se llevó jamás a cabo. Resta decir que la artillería del “Bismarck” se desempeñó en forma brillante y se mostró muy superior a la de la Armada inglesa. La dirección del tiro fue excelente, y la dispersión muy escasa. El comportamiento del barco alemán fue notable. Frente a un enemigo dos veces superior, le bastaron cinco o seis andanadas para volar un barco, y con unas 12 más obligó al otro a retirarse.
La derrota de la escuadra del “Hood” trastornó buen número de planes. El siniestro resplandor de la explosión cambió repentinamente la situación. Si antes de la catástrofe se consideró necesario hundir al “Bismarck”, doblemente indispensable era ahora. Aunque más adelante se supo que el navío alemán iba dejando tras sí ancha estela de petróleo, lo cierto era que por el momento continuaba a todo andar rumbo al Suroeste, y que en el Atlántico navegaban a la sazón diez convoyes, algunos de los cuales contaban sólo con ligera escolta. Espoleado por las desastrosas potencialidades de tal situación, el Almirantazgo inglés tomó medidas más radicales.
En aguas de Gibraltar, y al mando del vicealmirante sir James Somerville, se hallaba la escuadra H, compuesta del crucero de combate “Renown”, el portaaviones “Ark Royal”, el crucero “Sheffield” y seis cazatorpederos. La misión que normalmente le estaba asignada era la de cerrar a la escuadra italiana el paso occidental del Mediterráneo; pero ahora se le señaló la de perseguir al “Bismarck”. Al acorazado “Ramillies”, que navegaba cientos de millas al Noroeste en mitad del Atlántico, se le ordenó separarse del convoy que escoltaba y proceder rumbo a Occidente a interceptar el enemigo. Asimismo se separó de su convoy a otro acorazado, el “Rodney”, cuando se hallaba a 1.500 millas de la costa de Irlanda, para destinarlo también a interceptar al “Bismarck”.
A las seis horas del hundimiento del “Hood”, las fuerzas que tomaban parte directa en la persecución del “Bismarck” quedaban aumentadas con dos acorazados, un crucero de combate, un portaaviones, tres cruceros y nueve cazatorpederos. La concentración de buques así efectuada halla muy pocos paralelos, acaso ninguno, tanto por lo dilatado del espacio que les tocaba vigilar cuanto por lo dramático de la misión que debían cumplir.
El “Norfolk” y el “Suffolk” habían continuado navegando tras el enemigo después del hundimiento del “Hood”.
El “Prince of Wales” navegaba juntamente con el “Norfolk”, y unas 300 millas al Este, Sir John Tovey, a bordo del “King George V”, conducía su escuadra a la mayor velocidad posible en demanda de los dos navíos alemanes. Lo acompañaban el portaaviones “Victorious” y el “Repulse”.
Por unas horas el tiempo estuvo despejado y los cruceros navegaron a 15 ó 18 millas del enemigo, sin perderlo nunca de vista. A eso de las 11 del día, aparecieron bancos de bruma por proa. Ambos cruceros acortaron la distancia hasta donde podían atreverse a hacerlo; pero alrededor de mediodía la niebla y la llovizna les ocultaron al enemigo. Como el alcance del radar con que se contaba en esos días era solamente de unas 13 millas, el contacto con el “Bismarck” y su crucero acompañante fue intermitente esa tarde.
El capitán Ellis, del “Suffolk”, calculaba que el “Bismarck” trataría de aprovechar la escasa visibilidad para sorprender a uno de los dos cruceros y abrir fuego a corta distancia. Amaneciendo, como el radar indicase que disminuía rápidamente la distancia, el capitán, previniendo una asechanza, viró en redondo y lanzó su crucero a toda máquina. En este punto surgió de entre la bruma el “Bismarck”, que abrió fuego con todas sus baterías. El comandante del “Suffolk” logró resguardarse con una cortina de humo.
El breve encuentro hizo que ambos barcos derivaran hacia el “Norfolk” y el “Prince of Wales”. Cuando el segundo de éstos abrió fuego en defensa del “Suffolk”, el “Bismarck” rehuyó el combate y se alejó a toda máquina. Se sabe ahora que el ataque del “Bismarck” contra el “Suffolk” tuvo por objeto cubrir la retirada del “Prinz Eugen”, que debía separársele y hacer rumbo a un buque cisterna a fin de reabastecerse de combustible.
Aunque los ingleses habían logrado hasta entonces seguir el rumbo del “Bismarck”, preocupaba a Sir John Tovey el temor de que el navío alemán aprovechase la superioridad de su andar para escapárseles durante la noche. Huyendo repentinamente a toda velocidad, podría burlar la vigilancia de sus perseguidores antes que éstos cayeran en la cuenta de lo que intentaba. El único medio de hacerle perder velocidad antes que cerrara la noche era atacar con los aviones del “Victorious “. Si se lograba que algunos torpedos causaran averías en la obra viva del “Bismarck”, esto le acortaría el andar lo suficiente para conjurar el riesgo de que eludiese la persecución durante la noche.
Antes del anochecer despegaron del “Victorious” nueve aviones para atacar al “Bismarck” desde una distancia de 100 millas, casi el límite máximo de su radio de acción. Por primera vez en la historia naval la aviación de un portaaviones atacaba a un acorazado en alta mar. La dotación de los aeroplanos, aunque bisoña en su mayoría en operaciones de guerra marítima, mostró gran decisión en el ataque. Todas las nueve máquinas lanzaron sus torpedos, y todas volvieron al portaaviones. Sin embargo, únicamente vieron que un torpedo diese en el blanco, y el “Bismarck” no sufrió disminución en su andar.
La jornada había sido en su totalidad de dolorosas derrotas y fracasos. Por añadidura, los cazatorpederos de escolta del “King George V” tuvieron que alejarse a la medianoche, proa a Islandia. La prolongada correría a todo andar los dejó tan escasos de combustible, que no estaban en condiciones de alargar la navegación. La falta de esas unidades causaba en el almirante Tovey la incómoda sensación de navegar sin auxiliares, y la circunstancia de que el “Repulse” debería alejarse también en breve para ir a tomar combustible aumentaba la desazón. Todo ello marcaba un revés de la suerte que tan propicia se mostrara la víspera a esa misma hora, cuando el “Bismarck” parecía condenado a un próximo fin. Y aún sobrevendrían adversidades peores.
A las 3 de la madrugada del 25, el “Suffolk” perdió contacto con el “Bismarck”. No logró restablecerlo sino pasadas 31 horas y media.
Horas de creciente tensión; de ansiosas conjeturas acerca del rumbo que hubiera tomado el “Bismarck”; de preocupación por la continua merma del propio combustible; y ante todo, de temor de que los barcos ingleses estuvieran alejándose de su objetivo en vez de aproximarse a él.
Por fin, a las 10,30 de la mañana del 26 de mayo los aviones del Comando de Costas descubrieron otra vez al “Bismarck”, pero mientras tanto, una larga desviación de los ingleses en dirección al Mar del Norte les había hecho perder un tiempo precioso. En vez de hallarse virtualmente a la misma altura que el “Bismarck”, como antes, éste se les había adelantado muchísimo. Y de continuar rumbo a Francia a su andar normal, les sería imposible a los barcos ingleses alcanzarlo, ya que lo mermado de su provisión de combustible les vedaba navegar a toda máquina, por la rapidez con que aumenta el consumo de combustible al desarrollar velocidades cercanas a la máxima.
El “Bismarck” llevaba al “King George V” unas 50 millas de delantera; además, no tardaría mucho en quedar bajo el amparo de la aviación alemana. De sostener su presente andar, unos 20 nudos, entraría en la zona del radio de acción de los bombarderos alemanes al amanecer del siguiente día. En consecuencia, para obligarlo a empeñar combate, era indispensable acortarle el andar; y ello habría de hacerse en el preciso término de ese día: el 26 de mayo.
Pero ¿cómo hacerlo? Sólo torpedeándolo. La única esperanza real eran los aviones del “Ark Royal”. Unas 24 horas antes, la escuadra H se encontraba a 1.500 millas de distancia. Ahora, navegando al Norte a toda máquina, esta escuadra sería quizá el único obstáculo capaz de impedir que el “Bismarck” llegara a puerto.
Cuando se recibió el mensaje inalámbrico que daba cuenta de haberse localizado nuevamente el “Bismarck”, a bordo del “Ark Royal”, que estaba a 40 millas de distancia, se prepararon 15 aviones para el ataque con torpedos. Comenzaron a despegar a las 2,30 de la tarde. Las dotaciones iban advertidas de que ningún otro barco navegaba cerca del acorazado alemán.
El tiempo había ido empeorando todo el día, y mientras los aviones estuvieron apercibiéndose para emprender el vuelo de ataque, el vicealmirante Somerville dispuso que el crucero “Sheffield” partiera en busca del “Bismarck” y no lo perdiese de vista una vez hallado. La orden se comunicó por medio de los proyectores, cuyas señales se dirigieron sólo al “Sheffield”. El “Ark Royal” no advirtió su partida.
Poco después de ésta, despegaron los aviones para el ataque. Volando por entre la lluvia y la niebla, los aviadores determinaron con el radar la posición de un barco que navegaba aproximadamente por los lugares donde debía hallarse el que era su objetivo, y suponiendo, como era natural, que era el “Bismarck”, lo atacaron.
No ha de causar sorpresa que, en la tensión de aquellos momentos, no echasen de ver que el barco era el “Sheffield” y no el “Bismarck”. Iban en busca de un buque enemigo, y tanto puede la autosugestión, que la mayoría de los aviadores lo vieron como enemigo.
A bordo del “Sheffield”, el capitán Larcom había recibido del vicealmirante Somerville aviso de que los aviones despegaban para atacar; así, pues, no extrañó la presencia de éstos. Mas al observar los con los binóculos, se dio cuenta de que picaban sobre el crucero para atacarlo. Inmediatamente pidió avante a toda máquina e hizo zigzaguear al “Sheffield” a fin de desconcertar la puntería de los atacantes. Ni uno solo de los cañones de a bordo entró en acción. En profundo silencio, oficialidad y marinería siguieron con la mirada el descenso de los torpedos.
El primero cayó al mar y levantó una copiosa salpicadura. Los observadores, reducidos a la inacción, cobraron ánimo. Instantes después absorbía su atención algo aún más sorprendente: el segundo torpedo estalló con terrible estrépito no bien tocó el agua. Otro tanto ocurrió con el tercero. Los torpedos llevaban espoletas magnéticas, y estaba a la vista que los hacían estallar apenas chocaban con el agua.
De los restantes torpedos, tres estallaron ineficazmente. Tres de los aviones cayeron en la cuenta del error y suspendieron el ataque. Quedaron de tal modo nada más que seis o siete torpedos vivos, de los cuales tenía que librarse el “Sheffield”. En tanto que todo oficial y marinero disponible permanecía en cubierta escudriñando la superficie del mar en busca de las estelas que indicaran el curso de los torpedos, el capitán Larcom gobernaba ya en una, ya en otra dirección, y con tan consumada pericia que todos los torpedos pasaron de largo sin dañar al crucero.
Abatidos y melancólicos regresaron los aviones al portaaviones, del cual tornarían, sin embargo, a despegar en busca de nueva ocasión. No obstante lo violento del balanceo, procedióse a reabastecer de combustible los aeroplanos y a cargar nuevamente los torpedos. La reciente y malaventurada ocurrencia dejaba a lo menos una enseñanza: las espoletas magnéticas eran inseguras. Las reemplazaron ahora con las antiguas y ya probadas espoletas de percusión.
A las 7 p.m. los aviones estaban de nuevo en la cubierta de vuelo, listos a despegar. Soplaba todavía un viento recio. La visibilidad no era constante; había nubes a 180 metros y hasta menos, y lluvias que el viento arrastraba en ondulantes cortinas. Cuando los aviones despegaron, toda la gente del “Ark Royal”, estaba segura de que esta vez iban resueltos a triunfar.
Unos cuarenta minutos después estaban los aviones a la vista del “Sheffield”, que les comunicó: “Enemigo 12 millas adelante”. Ascendieron entonces a ocultarse en las nubes. A poco se vio desde la banda de estribor del crucero, en dirección a proa, fuego de artillería, al que siguió el frecuente y fugaz resplandor de las granadas que estallaban en el aire.
El lejano y nutrido cañoneo de los antiaéreos se sostuvo por unos minutos y fue cesando después. Hubo una pausa, tras la cual vieron desde la cubierta del “Sheffield” asomar un aeroplano, y luego otros dos. Venían de regreso y volaban bajo, casi al nivel de la cubierta. Habían lanzado todos los torpedos.
Cuando uno de los aeroplanos pasó cerca, pudo advertirse que sus tripulantes sonreían satisfechos y cerrando los puños apuntaban hacia lo alto con los pulgares, en señal de triunfo. Todos los que estaban en la cubierta del “Sheffield” los vitorearon saludándolos con las gorras. Por añadidura, los daños habían sido mínimos.
Cuando los aviones atacantes estuvieron de vuelta en el “Ark Royal”, se comprobó que a cinco de ellos los había alcanzado el fuego enemigo. En uno contaron 127 impactos, y tanto el piloto como el artillero estaban heridos. Mas a pesar de todo esto, y de que iba faltando ya la claridad del día, todos los aparatos, con la sola excepción de uno que se estrelló al tomar la pista, descendieron sin tropiezo al portaaviones. Interrogados los aviadores, se supo que uno de los torpedos había dado en mitad del “Bismarck”.