El pacto Molotov – Ribbentrop
Guillermo 6 de Abril 2010
El 23 de agosto de 1939, poco tiempo antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, se firmó en Moscú el polémico tratado de no agresión entre el Tercer Reich y la Unión Soviética por parte de sus respectivos ministros de asuntos exteriores, Joachim von Ribbentrop y Viacheslav Mólotov. El tratado contenía una serie de clausulas en las que se establecía que ninguna de las dos potencias atacaría a la otra, ni formaría parte de ninguna alianza internacional en contra de la otra potencia. A parte de esto, contenía una serie de clausulas secretas en las que se establecía cuales serían las áreas de influencia en Europa oriental de cada una de ellas, de forma que Eslovaquia y Hungría quedaría en la órbita de influencia nazi; Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania y la Besarabia en la órbita de influencia soviética, y Polonia, como “Estado-colchón” entre ambas potencias formaría parte de la órbita de influencia de ambas.
La firma de este tratado fue polémica. El pacto causó decepción entre los fascistas italianos y españoles, al ver a su homologo germano firmar un pacto de no agresión con “el enemigo”, pues 3 años antes, el 25 de noviembre de 1936, el gobierno del Tercer Reich firmó con Japón el “Pacto Anti-komintern”, en el que ambas potencias se comprometían a colaborar en la lucha contra “la amenaza” del comunismo internacional, encarnada en la Unión Soviética.
Sin embargo las voces de crítica no provinieron exclusivamente del fascismo europeo; numerosos comunistas se desencantaron al conocer la noticia del pacto, y por supuesto los regímenes liberales europeos se manifestaron abiertamente en contra.
No resulta fácil tratar de analizar este hecho histórico objetivamente debido al bombardeo mediático de propaganda negativa sobre las potencias firmantes que recibió Europa, especialmente la propaganda anticomunista en el contexto de la Guerra Fría que ha calado en las conciencias occidentales hasta hoy. Dicha propaganda, cuando se plasmaba en forma de historiografía burguesa, describía el pacto germano-soviético como una “alianza”, tal vez con el objetivo de “destruir la libertad encarnada en el capitalismo”. Esto es, sin embargo, erróneo. En 1938, un año antes del pacto y ante la pasividad de las democracias liberales, Adolf Hitler coaccionó empleando amenazas bélicas a los dirigentes de Checoslovaquia para que se le cediera al Tercer Reich el territorio de los Sudetes y tras la consecuente desintegración de la República de Checoslovaquia, sus territorios fueron invadidos por la Werhmacht. Ante la violación de los tratados de Versalles y esta tendencia agresivo-expansionista nazi, Stalin propuso una alianza antifascista a Gran Bretaña y a Francia y ambas democracias obviaron la propuesta soviética.
En esta coyuntura, y ante la perspectiva de que tendría que enfrentarse en solitario a la expansión nazi en Europa Oriental, el gobierno soviético se vio forzado a firmar el tratado de no agresión con el Reich, haciendo gala de un gran pragmatismo y visión estratégica: no sólo en la URSS sino en toda Europa era conocida la obra hitleriana del Mein Kampf, escrita en la década anterior, en la que se revela la intención de atacar a la URSS para ampliar el lebensraum o “espacio vital”, y se habla de la necesidad de la lucha “contra el Frente Rojo”. Stalin, conocedor de los objetivos a largo plazo del führer, no buscaba en el pacto germano-soviético una alianza, sino el motivo táctico que le cediese el tiempo suficiente para preparar militarmente a la Unión Soviética para la guerra inminente contra el Reich, que debería emprender con o sin la ayuda de las potencias europeas en cuanto Hitler atacase.
Por su parte, Hitler también empleó el pacto germano-soviético como estrategia para que la URSS no atacase a Alemania cuando está efectuara la planificada invasión de Polonia. El führer tampoco buscaba por tanto un aliado, fue consciente de estar firmando un pacto con el enemigo, un pacto cuya traición solo era cuestión de tiempo.