El 1 de mayo de 1838 es ascendido a Capitán General.
En agosto de 1839 consiguió la rendición del Ejército Carlista en la localidad de Vergara en Navarra, con el famoso abrazo con su General en jefe Rafael Maroto ante las tropas de ambos ejércitos reunidas en los campos de Vergara, acto que se conoce como el Abrazo de Vergara. Lección de Hidalgía y perdón, pues dejaba a los oficiales Carlistas libres y si reconocían cómo Reina a Isabel II, conservarían su graduacción en el ejército español.
El final victorioso de la guerra le valió el título de Grande de España y Duque de la Victoria, amén del de Vizconde de Banderas.
Aún así hubo de luchar contra el General Carlista en Valencia, en el Maestrazgo, donde derrotó a su jefe el General Ramón Cabrera en Morella el 30 de mayo de 1840. Por lo cual la Reina le concedió el titulo de Duque de Morella y la distinción de la Orden del Toisón de Oro.
En 1837 se unió al Partido Progresista
Tras la sublevación de la Granja y el exilio de la Reina Regente María Cristina en el verano de 1840 las Cortes proclamaron el 8 de marzo de 1841 a Espartero como Regente de España.
Los problemas de la Regencia de Espartero:
A pesar de la fama y predicamento popular del nuevo Regente, pocos gobernantes han sufrido un proceso de desprestigio político tan rápido y radical como el que vivió este en sus poco más de dos años de mandato (el pueblo español que había proclamado a Espartero como su ídolo, pasó en poco tiempo “de la idolatría al entusiasmo, del entusiasmo a la adhesión, de la adhesión al respeto, del respeto a la indiferencia, de la indiferencia al odio, y del odio a lanzarlo a tierras extrañas donde pudiera entregarse al olvido de sus funestos errores o al melancólico recuerdo de sus glorias pasadas”),
La designación de Regente había fracturado el partido progresista en dos facciones (unitarios y trinitarios); unas diferencias que se fueron ahondando a medida que el Regente en simpleza militar (creía que la labor y las funciones de un jefe de estado no excluían su capacidad de mando y decisión), comenzó a implicarse en la constitución de ministerios sin tener en cuenta los deseos y opiniones de los principales dirigentes del partido y a nombrar para los principales puestos de la milicia a militares pertenecientes a su círculo de allegados (los “Ayacuchos”) saltándose escalafones y méritos militares; lo que levantó el consiguiente malestar entre muchos generales que pronto pasaron a la oposición y, en su mayoría, a integrarse en una organización secreta antiesparterista (“la Orden Militar Española”) dirigida por el “gran espadón” de los moderados: Ramón Mª Narváez y financiada por María Cristina desde el exilio parisino.
Un acontecimiento relacionado con la actuación de elementos del ejército vino a provocar un estado de opinión generalizado contra Espartero. En octubre de 1841, fracasó un intento de golpe castrense contra el Regente en el que estaba implicados generales del prestigio O´O'Donell, Concha, Montes de Oca y Diego de León; la aventura terminó con la condena y ajusticiamiento de este último el 15-10-1841, a pesar de las unánimes voces que se levantaron en todo el país para que Espartero amnistiara al afamado héroe de Belascoaín, sin duda uno de los generales del ejército español más queridos y admirados por el pueblo (viva Isabel II gritaba mientras moría).
Así pues la actividad de la oposición no tardó en encontrar terreno abonado, ensanchándose paulatinamente sus bases a medida que transcurría el periodo y como consecuencia de los continuos desaciertos de la política gubernamental.
Las ya de por sí tensas relaciones entre la Santa Sede el régimen liberal español desde que en 1835 abandonara España el Nuncio de su Santidad, alcanzaron su punto álgido con la política anticlerical del gobierno y, en concreto, el relanzamiento y ampliación del proceso desamortizador (se aceleran las medidas progresistas y así se completa la desamortización con la expropiación y venta de los inmuebles que la Iglesia tenía en la ciudades), la renovada obligación de juramento constitucional al clero y el proyecto de Ley de Jurisdicción eclesiástica del 13-12-81; lo que provocó una serie de episodios que llevaron a la práctica ruptura de las relaciones entre Madrid y Roma (una denuncia papal por el estado de cosas por el que estaba atravesando la Iglesia en España, fue considerada por el ministro de justicia como una “declaración de guerra contra la seguridad pública y la Constitución” procediendo de inmediato a la supresión de la Congregación para la Propagación de la Fe; lo que dio pie para que el Papa respondiera con una encíclica condenatoria 22-2-1842), y al creciente malestar entre los católicos españoles.
El progresivo debilitamiento del apoyo social a Espartero sufrió un brusco acelerón como consecuencia de la política económica desplegada por sus gabinetes. En este sentido hay que situar el origen del conflicto en la relativa liberalización de las importaciones de productos manufacturados que recogía la polémica ley de Aranceles de 1841, normativa que venía a sustituir la de 1825 y claramente contraria a los intereses de la burguesía industrial catalana que veía en la relativa liberalización de los textiles británicos, la ruina de la industria nacional al abrirse el mercado español a tales productos.
En estos años destaca que en 1842 inauguró en Ciudad Real el primer Instituto de Segunda Enseñanza de la Provincia.
El malestar de los catalanes se extendió por todo el país para adquirir perfiles de agitación social cuando se corrió la noticia de que el Regente iba a sancionar un tratado comercial con Gran Bretaña en el que, entre otras cuestiones, se contemplaba la cesión de algunos enclaves territoriales en la Guinea española. (algunos islotes deshabitados para establecer carbonerías).
En los últimos meses de 1842, la ciudad de Barcelona, cuya actividad económica se vio paralizada como consecuencia de la crisis general que entonces afectaba a toda Europa, fue escenario de un movimiento subversivo contra el gobierno del Estado a cuya política arancelaria se achacaban todos los males por los que atravesaba Barcelona.
La contundente respuesta de Espartero no se hizo esperar; el 3 de diciembre de 1842 él mismo personalmente dirigió la represión del alzamiento sometiendo a la ciudad a un bombardeo sistemático desde Montjuic (400 edificios destruidos o incendiados), y una vez controlada la situación, impuso una contribución especial a los barceloneses. La implacable actitud del Duque de la Victoria, dispuesto a sentar el principio de autoridad en lógica militar a cualquier precio, arruinó su prestigio político al perder desde ese momento el apoyo incondicional que le había dispensado la influyente burguesía industrial catalana, cuyos elementos mas significativos pasaron a engrosar el partido Moderado.
Disueltas las Cortes en enero de 1843 y celebradas elecciones; la inestabilidad política que vivía España lejos de desaparecer fue creciendo ante la cada vez mayor incapacidad de Espartero para formar gobiernos estables por el rechazo de los dirigentes progresistas a brindarle su apoyo parlamentario.
El enfrentamiento entre las tropas al mando del General Narváez y las tropas mandadas por el General esparterista Seoane en Torrejón de Ardoz el 21-7-1843 decidió la suerte del alzamiento y el obligado exilio a Inglaterra del Duque de la Victoria.
Cinco años duró el exilio de Espartero en Londres, durante los cuales no faltó quién intrigara, avisando al general Narváez (el más encarnizado enemigo de Espartero) a la sazón Jefe del Gobierno, de que Espartero pensaba desembarcar en la península para provocar una sublevación; por lo que Narváez dio una orden secreta en la que disponía, que si llegaba a suceder tal desembarco Espartero fuera hecho prisionero y fusilado "sin mediar más tiempo que el necesario para identificarlo".
el 3 de septiembre de 1847, el Presidente del Gobierno, Joaquín Francisco Pacheco, le expidió el Decreto por el cual la Reina lo nombraba Senador y, poco más tarde, embajador plenipotenciario en Gran Bretaña. Fue la reconciliación.
En 1849 fue restituido en sus honores y regresó a España, refugiándose en Logroño y abandonando la vida pública. Reapareció de forma esporádica junto a Leopoldo O'Donnell después de la revolución de 1854, con quien compartió el liderazgo político en el llamado Bienio Progresista (1854-1856), años en los que fue nuevamente Presidente del Consejo de Ministros de España.
Cuando fue destronada la reina Isabel II por la revolución de 1868, El general Juan Prim le ofreció en 1870 la Corona de España, cargo que no aceptó.
Elegido Amadeo de Saboya como Rey de España, en septiembre de 1871 anunció públicamente su voluntad de acudir a visitar al general Espartero en su residencia de Logroño. Se desconoce si fue aconsejado para hacerlo, pero en el convulso periodo del Sexenio Democrático y con un Rey atípico elegido en Cortes, pareció conveniente al monarca ganarse la confianza de quien era una leyenda del liberalismo.
El propio Duque de la Victoria fue a recibirlo a la estación de ferrocarril vestido con traje de gala como Capitán General, acompañado de autoridades civiles y militares de la ciudad y recorrieron juntos el trayecto hasta la casa del Duque en medio del júbilo de la población que aclamó a ambos. Pasó dos días alojado el monarca en la residencia de Espartero y apenas tuvo más contacto con la población que asistir a dos actos protocolarios. Se desconoce el contenido de las conversaciones durante el tiempo que estuvieron juntos, pero Espartero, cuando lo acompañó de regreso a la estación de tren, dio muestras de alegría, respeto y lo trató como Rey legítimo de los españoles, reconocimiento que muy bien podría ser el que buscaba Amadeo. A su regreso a Madrid, el Rey le concedió el título de Príncipe de Vergara (2 de enero de 1872), con tratamiento de Alteza Real.
Pasó los últimos años de su vida en su hogar, rodeado del afecto de sus paisanos, siendo referente de muchos de los políticos de la época. La muerte de su esposa Jacinta lo sumió en un profundo pesar y ya no atendió más que a su propio final.
Su testamento había sido otorgado el 15 de junio de 1878, apenas seis meses antes de fallecer y poco después de la muerte de su esposa. Al no tener hijos, Espartero nombró heredera universal a su sobrina Eladia Espartero Fernández y Blanco, por quien sentía gran predilección. La herencia, constituida por una gran fortuna, iba acompañada de todos los títulos y honores. Al resto de sobrinos y al personal de su casa les dio mandas y legados, y a su antiguo ayudante, el Marqués de Murrieta, le otorgó la espada con la que Bilbao lo obsequió y la estatua ecuestre que le regaló la ciudad de Madrid, además de otras pertenencias militares menores

• Falleció en Logroño el día 8 de enero de 1879 a los 86 años de edad.
Este trabajo es de Antonio Jose Martin de Consuegra, historiador y amigo