Algún dato más....

Evocadora la fotografía del amigo Teo que acompaña a este comentario. Nada más lejos de la inmovilidad de la instantánea que la actividad que se producía continuamente en el desaparecido recinto militar, que ocupaba el espacio donde hoy se asienta el Ayuntamiento de la ciudad proyectado por Rafael Moneo. La imagen recoge la solemne entrada al cuartel que se construyó en 1878 según proyecto del arquitecto Francisco de Luis y Tomás, autor también de la recordada Alhóndiga Municipal, que fue demolida para levantar en su lugar el actual edificio de Hacienda en la calle Víctor Pradera.
La construcción se bautizó como cuartel de Caballería Alfonso XII. Y tras diferentes alojos terminó como Doce Regimiento Ligero de Artillería, que dio nombre a la calle que va desde avenida de la Paz hasta Madre de Dios por acuerdo municipal del 13 de febrero de 1937. Este ejército se trasladó a Pamplona y entonces llegó desde Vitoria el 46 de Artillería, pero con tal número de camiones que tuvieron que ser alojados en el que era entonces cuartel de Infantería, que pasó pronto a transformarse en cuartel de Artillería. Quedó entonces obsoleto el de avenida de la Paz y propició, tras el derribo, la creación del nuevo Ayuntamiento.
Tras estos datos que ha dejado el cuartel de Artillería, como se le llamaba comúnmente, se recuerda del mismo por la solemnidad con que diariamente se realizaba el acto de arriar la bandera al atardecer, espectáculo ante el cual se inmovilizaba la gente que pasaba por las inmediaciones, saludando brazo en alto hasta que finalizaba. También era muy común saludar brazo en alto a la bandera que se mantenía en el mástil cuando se pasaba ante la entrada del cuartel.
Otra diaria ceremonia que se recuerda era la salida de los soldados a la hora del paseo vespertino, después de haber pasado revista pues no se toleraba que salieran sin estar correctamente uniformados. Una vez en la calle con familiares y amigas esperándoles, muchos la atravesaban raudos para entrar a una bodega que había justamente enfrente llamada El Abuelo, donde les servían bocadillos de sardinas y porrones de vino. También aprovechaban el asueto para proveerse de tabaco en el estanco que estaba también situado justamente enfrente, en los bajos de una casa de una planta. Cuando ésta desapareció, se instalaron en un pequeño habitáculo del tamaño de una cabina de la Once, situado en pleno paseo central de la entonces avenida del General Franco, frente al cuartel, lo cual fue muy criticado, pues resultaba antiestético en tan estratégica situación, atribuyéndose la licencia a que las titulares del establecimiento eran dos hermanas ostentosamente afectas al Régimen.
En las horas en la que los artilleros disfrutaban del descanso, que coincidían con las de los del cuartel de Infantería y Aviación, el sector de la hostelería de la ciudad se animaba de manera notable, llenándose bares y tabernas, entre las que se recuerdan la Bombilla de la calle La Merced, Cuatro Calles, Bretón, el bar Bilbao , Cosecheros y Cuatro Vientos de la calle Mayor, La Estrella de la calle El Cristo, El Tercio de la calle San Juan y el Negresco de Martínez Zaporta. Como propio en gente joven y liberada de la férrea disciplina cuartelera no faltaban fricciones entre los de distintos uniformes y para evitarlo existían grupos de vigilancia compuestos por cuatro o cinco soldados al mando de un cabo primero que recorrían los puntos considerados conflictivos.
Recuerdo imborrable del cuartel era el que los chavales saludaban a los soldados que se apostaban en las ventanas de las cuadras de las mulas que daban a la calle Doce Ligero o la Escuela Industrial, los dos laterales donde estaban situadas las cuadras a través de cuyas enrejadas ventanas fluían aromas que no eran precisamente los que vendía Perfumería Torino. Era muy común el pedirles lo que se conocía como 'chocolate chino', que eran las algarrobas que servían de pienso a los mulos. A veces los soldados les pedían a cambio tabaco. Para entender esto habría que situarse en los años siguientes a la guerra, cuando tanto escaseaba el tabaco y la comida.
La zona posterior del cuartel daba a la actual calle Tricio, que estuvo muchos años cerrada exclusivamente como espacio auxiliar para los servicios militares. En esa franja se encontraban los talleres propios del Regimiento para reparaciones, como la que se necesitó al transformar las ruedas de los carros que iban a por el suministro de pan a Intendencia. Como eran con llantas de hierro hubo que transformarlas para adaptarlas a las exigencias municipales. En estas instalaciones acababan colocados los reclutas que poseían aptitudes profesionales, que eran compensados con prebendas especiales.
El cuartel en cuestión contaba, precisamente sobre la puerta principal, del domicilio de la máxima autoridad del mismo, entre los cuales se recuerda al coronel Innerariti, quien mereció que el Ayuntamiento logroñés le dedicara una calle en nuestra ciudad. Entre los reclutas que llegaban a servir a este cuartel no era extraño que llegaran desde el norte gente aficionados a jugar a la pelota y no tampoco era raro verlos en la cancha del cercano frontón Beti Jai, resolviendo desafíos. Entre ellos se recuerda a Atano VIII y quien fuera gran profesional Lazcano.
Fuente:
http://www.larioja.com/v/20100328/rioja-logrono/aquel-cuartel-artilleria-20100328.html