Cinco valientes jóvenes partieron de mi pueblo en 1941 para luchar en tierras Rusas enrolados en la Gloriosa División Española de Voluntarios, que como todo el mundo conoce no es otra que la famosa División Azul. Tras duras y arduas batallas sólo regresaron tres. Uno de ellos murió dos meses después de llegar al pueblo, ya le daban por muerto por una durísima pulmonia.
Sólo dos sobrevivieron. Uno de ellos vivía a 20 metros de la casa donde nació mi abuelo y por tanto era muy amigo de mi familia materna. Por pura suerte me encontré con su hijo comprando el sábado por la mañana en la cola del Dia. Entonces quedé con el para charlar el domingo a las 10 de la noche.
Llegué allí y comenzamos a hablar y a compartir las vivencias de su padre. No recordaba el nombre de los sitios ni fechas pero me contó montones de anñecdotas de su padre. Su padre prestó servicio como sanitario con 18 años en la Guerra Civil, tocandole en los últimos meses de la guerra pero tuvo que quitar mucha metralla, curar heridas y coser tripas.
Como era falangista y con un espíritu aventurero y muy hechado para alante se presentó voluntario para la División Azul.
Fue una persona muy activa y muy combativa. Siempre en primera línea y bastante guerrillero. Su hijo me contó entre risas que le ascendieron montones de veces a soldado de primera y a cabo, pero siempre que le daban permisos los perdía por meterse en trifulcas. Fue herido en una pierna y condecorado por méritos de guerra. (Conseguiré su expediente militar). Al ser el más alto de mi pueblo (más de 2 metros) y con una fuerza sobrehumana (llevaba los sacos de simiente de 30 kg, uno en cada brazo) fue servidor de MG 34, aunque también llevó el mauser.
